Una ruta creada conjuntamente con los estudiantes de Tecnología en Gastronomía del Centro de la Innovación, la Agroindustria y el Turismo del Servicio Nacional de Aprendizaje SENA.


miércoles, 10 de junio de 2009

Relato carnico y recuerdo gastronómico

Parrilla

Mi gusto por la gastronomía nace relativamente hace muy poco tiempo, aunque considero que he tenido un buen comer y un placer sin igual al disfrutar las comidas, sobretodo el goce y el encanto al saborear una buena carne bien jugosa, yo recuerdo que para mí, el buen comer era saciarme hasta el ya no poder mas, y lo que me gustaban eran los asados en la finca donde se reunía toda la familia, donde mi mamá servía en un plato un buen pedazo de carne, dos papas saladas, un plátano maduro, una mazorca asada y guacamole, este siempre venia con una cerveza bien helada o en su defecto con el famoso refajo; esa comida era la típica los domingos en la finca.

Pero realmente me empezó a interesar la preparación de los alimentos en el momento en que por necesidad económica trabajé en el sector de llano grande para una cadena de restaurantes antioqueña, que manejaba carnes a la parrilla; ingresé como extra de fin de semana, con las preparaciones previas, ayudando al parrillero a preparar las carnes, a hacer el pre alistamiento del área de trabajo, a observar la dedicación para sacar un plato a pedido del cliente, el cómo era importante una buena administración de un negocio para poder auto sostenerse y ser productivo; creo que en ese instante me proyecté dentro de ésta profesión a un futuro cercano, aun sabiendo que tenía que aprender mucho en muy corto tiempo; observé un año después la oferta educativa del SENA y allí estaba la oportunidad de profesionalizar mis aspiraciones.

Por Jesús Manuel Bermúdez Prieto.

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Recuerdo

Todo comenzó a finales del 2007, en la excursión de grado, con los excelentes paisajes y las novedades que enriquecían cada instante vivido en este paseo, acompañada de mis amigas. En él, lo que más me impactó, fue la presentación de los diferentes platos que ofrecían en el hotel, allí en Santa Marta, causándome una gran satisfacción visual y gustativa.


En los diferentes platos observé y degusté sabores y texturas que nunca antes había sentido, y sin quedarme con la intriga de conocer detalles sobre estos platillos, mis amigas y yo nos acercamos donde se encontraban las personas encargadas de la cocina en un momento de descanso para ellas, quienes nos brindaron su conocimiento de la mejor manera.

Indagando y preguntando cada proceso que lleva el producto desde el momento de preparación hasta su presentación al cliente, se despertó en mi ser, conocer más el mundo gastronómico, llevándome a descubrir sabores, olores y productos que antes no había ni siquiera escuchado; así como la idea de crearle al cliente, una satisfacción tan grande tal como la sentí en esos momentos al degustar un producto.

Por: Carolina González García

domingo, 7 de junio de 2009

Relato de origen y goma por la cocina

El origen de mi cocina

Todo empezó cuando yo tenía yo 10 u 11 años; primero que todo, quiero aclarar que no me gustaba la cocina, me empezó a gustar desde que mi mamá me metía en ella para moler el maíz de las arepas y lavar los platos; ese era el único contacto que tenía con ella.

La primera comida que hice fue un arroz, todo empezó por que mi mamá estaba en la clínica, yo en la casa y me llamó para que le hiciera el arroz; entonces ella me dijo cuanto le echara de arroz, sal, aceite y el tiempo de cocción, en fin, lo que importa es que yo me puse a hacer el arroz y no sólo lo hice, sino que me arriesgué a hacer el almuerzo; al ver tantas cosas que podía hacer con la comida, como me quedaba, como olía, me encantaba y me adueñaba de ella, ya no quería salir de allí, quería quedarme haciendo mas y mas comida. Pero esto no fue lo que mas me gustó, lo mejor fue el momento en que mi familia probó el almuerzo, me felicitaron, me decían que cómo lo había hecho y en ese momento empecé a contar cada paso, por lo que pasó cada producto, cómo se iba convirtiendo en una poesía para la boca y mientras yo contaba mi experiencia con la cocina, mi familia decía que Jaime está cocinado; estaban asombrados.

Poco a poco fui descubriendo que la cocina me desestresaba. Imaginaba, convertía, creaba me iba metiendo mas y mas en ella, y desde ahí, la cocina hace parte de mi vida. Me gusta estar en ella, que me feliciten por lo que hago, y esa es la historia de mi cocina.

Por: Jaime Macias

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La cocina: una goma que no se calma


Para comenzar les cuento que desde mi niñez siempre me gusto comer mucho y de todo, y me ayudó el hecho de que provenía de una familia muy numerosa, donde se servían grandes porciones en cada una de las llamadas ´´tres curvas``, ya fuera en el desayuno, el almuerzo o la comida, sin dejar de mencionar los algos o meriendas nocturnas.

En mi familia la cocina era algo dominado estrictamente por el sexo femenino, las que cocinaban eran mi abuela, mi mamá y mis tías, mis primas que eran las de menor rango ya daban sus primeros pinos en el campo culinario; razón por la cual en esta etapa de mi vida no tuve ningún contacto con lo que posteriormente seria mi gran pasión.

Así pasó el tiempo y en mi época de adulto viaje hacia Estados Unidos, donde mas por el aspecto laboral que otra cosa, hace unos 5 o 6 años, conseguí empleo como mesero en una casa judía de banquetes y ahí fue mi primera experiencia con alimentos, luego trabajé con musulmanes y griegos; así aprendí un poco sobre la gastronomía de estas culturas tan exóticas para nosotros.

Hace 2 años que comencé a trabajar de lavaplatos en un restaurante colombiano y de a poco me fui adentrando en el área de cocina caliente y parrilla, gracias a Dios los cocineros siempre me dieron la confianza y nunca me privaron de sus conocimientos y estuvieron pendientes de mí para no ir a dañar algún plato o preparación. Este fue mi primer contacto real en una cocina.

Debido a mi ´´goma`` por la cocina me inscribí en el SENA y pude pasar, vamos a ver que me depara el futuro, pero no creo que se me quite lo gomoso.

Por: Pedro Alexander Patiño Taborda

viernes, 5 de junio de 2009

Relatos de navidad y amor a la cocina

Navidad

Todo comenzó aquel día en el colegio, uno de los compañeros de once se graduaría y estudiaría gastronomía. Que término tan raro; nunca le había puesto atención; pero si…..desde este día fue extraordinario todo lo que logré consultar; esto me recuerda las fiestas de navidad.

En mi casa es tradición realizar la natilla el 23 de diciembre, pero eso si, se pila el maíz, se ralla el coco, se prepara y se pone en cocción, y entre todos nos repartimos para revolver la natilla.

No puedo dejar atrás los dulces, pues son fundamentales en esta época con una buena presentación y un rico sabor…. la abuela nos ha enseñado cómo hacer las panelitas con sabor a arequipe, que son las que mas le gustan a ella. ¡Hay momentos agradables y épocas inolvidables, se viven en navidad con la familia y los demás!

Me gusta la gastronomía, me encanta el garnish, ser curiosa y creativa, espero aprender y conocer miles de recetas y todo lo que mas pueda de este tema.

Me gusta lo que elegí, desempeñarme en esto o quizás, mejor, tener un restaurante… Humm que divertido suena, quiero seguir alimentando mi conocimiento de todas las cosas maravillosas que he visto y vivido… Y continuar, avanzar y mejorar, para de esta forma hacer mis sueños realidad.

Por: Nayla López Mazo

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Relato de mi motivación

Mi gusto por la cocina comenzó desde muy niña porque mi bisabuela era una persona que tenia ambiciones y desde siempre me inculcó el amor por la cocina. En el año 2006 nos tocó hacer el proyecto de vida, lo focalicé en el diseño, un año mas tarde lo modifiqué hacia la gastronomía, mi mayor pasión es aprender a cocinar y hacer de esta gran magia, algo novedosa y hermoso; me sueño teniendo un restaurante grande, con muchas cadenas y que sea el mejor del mundo. Amo la cocina y lucharé por ella, es mi mayor sueño y lo haré realidad, no me interesa nada mas, la cocina es lo máximo en mi vida me encanta y ésta es mi mayor motivación.

Kelly Johana González Alzate

jueves, 4 de junio de 2009

Relato de magia y sabor. Juegos de niños

Conjugando sabores

Hablar de mi descendencia gastronómica no es tan complejo, es sólo traer a la mente la palabra “MAGIA” y con ésta, queda claro el por qué de mi fascinación por la cocina.

La magia existía en todas las preparaciones de mi abuela materna, ella tenía ese toque justo, para hacer de cada preparación la más deliciosa sensación al paladar.

Nuestras visitas se hacían en torno a la cocina, puesto que este era el lugar predilecto por hijos, tíos, primos, nietos, etc. ¿por qué? pues porque sólo allí podíamos disfrutar de exóticos manjares preparados por la “mamita”.

Ella siempre tenía una delicia por mostrar, innovaba en su cocina no moderna, que hasta tenía fogón de leña, donde solía hacer aquellas preparaciones que para mi paladar resultaban siempre perfectas.

Un sancocho de gallina, mazorca, yuca, papa, plátano, aguacate, etc., era el plato insignia de todos los domingos; le ayudaba con la elaboración de él. Yo era muy niña aún y ella me reprendía porque no sabía tomar un cuchillo adecuadamente y temía porque me cortara, pero aprendí a pelar papas, y a no sacarles toda la comida gracias a ella; luego de todo nos sentábamos en una manga y hacíamos una de las cosas que más nos gustaban los domingos, comer sancocho donde la “mamita”.

Siempre que pude la observé cocinar, vibraba con su amor por cada preparación y creo que desde ese entonces el encanto me lo transfirió a mí. A su lado aprendí todo lo que sé, seguiré su legado ya que amo la cocina, para mi es un arte donde te expresas sin inhibición.

A través de ella puedo transmitir sensaciones, puedo conjugar sabores y aromas, puedo sentirme feliz y hacer feliz a los que amo, aunque no cualquiera merece un plato mío, sólo quien se gana mi amor lo puede deleitar, y cuándo lo esté disfrutando puede tener la plena seguridad de que significa demasiado para mí.

Lina Marcela García Elejalde

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Juegos de niños

Cuando era niña, tuve la oportunidad de estar rodeada de primos y hermanos de edades muy similares a la mía, por lo que hacíamos muchas cosas juntos. Nos reuníamos muy frecuentemente y cada vez era toda una aventura. Inventábamos castillos con todo lo que encontrábamos, escalábamos los árboles más altos y hacíamos casas con poleas que comunicaban un árbol con otro, hacíamos travesías por el campo y buscábamos frambuesas, mortiños, moras, guayabas, mangos, flores… con los cuales hacíamos jugos y brebajes, esperábamos la noche con la misma ansia que el día, para echarnos en la hierba a contar estrellas e historias. Uno de nuestros juegos favoritos era en la cocina de mi casa, con una gran y abierta despensa donde podían encontrarse variedad de polvos, salsas, frutas, panes… nos dividíamos en grupos y elegíamos quien empezaría a degustar cuanta vaina se nos ocurriera preparar. Cuando empezábamos preparando era divertido porque tratábamos de mezclar muchas cosas para que los que degustaban con vendas en los ojos, sentados en el enorme pollo de la cocina tuvieran cierta dificultad y no adivinaran fácilmente nuestras preparaciones. Mezclábamos mostaza con chocolisto, galletas con mermelada, minicigui, leche con te y otras hierbas, zanahoria con azúcar, dábamos limones con ingredientes varios… siempre esperábamos que dijeran todos los ingredientes, si no, perdían e íbamos ganando puntos que después cobrábamos en otros juegos… me encantaba reír de las caras que hacían con ciertas cosas dulces o ácidas, o cuando no lograban identificar nada o sólo un ingrediente… recuerdo que hablábamos pacito y reíamos cuando decíamos “pongámosle pimienta a eso, ahí esta la mayonesa, dame el zumm, eso va a quedar horrible, seguro que esta la adivinan de una…”, la despensa era un cuartito muy alto, con estantes que iban hasta allí y nos montábamos en escaleras para alcanzar todo lo que más pudiéramos. Mientras tanto los degustadores esperaban ansiosos “no me den pimienta que no me gusta, si le ponen mostaza me avisan pa’ no comer”. Pero nunca avisábamos y poníamos de todo. Cuando llegaba el momento de dar los brebajes preparados previamente en pocillos, les decíamos: huela esto… ¿qué tiene?. Abra la boca y cómaselo todo. No se vale devolverlo. No se quite la venda… Luego cada quien decía que había probado y decíamos lo que tenía cada cosa para comprobar si habían acertado o no. Cuando nos tocaba el turno de ser degustadores, era común escuchar: ellos le pusieron eso, no combinemos eso, debe ser asqueroso, pongámosle esto entonces. Todos reíamos.

Recuerdo olores fuertes, combinaciones dulces y ácidas, amargas, horribles, deliciosas, pegajosas o muy liquidas. Casi siempre atinábamos los ingredientes porque éramos maliciosos y buscábamos mezclar lo imposible. El olfato se hacía notar, la lengua se retorcía de dolor o placer. Era una buena sensación después de todo.

Cuando nos hastiábamos de tanta mezcolanza buscábamos otras cosas para hacer y mientras íbamos recordando entusiasmados: ¿en serio tenia eso? Sabía rico! No puedo creer que me hayan dado eso. Nunca me vuelvan a preparar eso.

Y así íbamos pasando del castillo de sábanas al trampolín, del bosque encantado al paraíso de los sabores y los olores… una variedad de texturas, una variedad de sensaciones, una variedad de variedades… todo es posible, todo se vale, todo se juega, todo se sueña.

Maria Isabel Ossa Londoño

miércoles, 3 de junio de 2009

Macho rucio, un platillo de tradición en Oriente Antioqueño

Con el párrafo: “Macho rucio, una preparación a base de maíz con que los antepasados remplazaban el arroz”, inicia el anuncio que invitó a la “Feria Regional de Culinaria y Semillas Nativas, Sabores y Saberes Ancestrales, organizada por la Acción Social - Red de Seguridad Alimentaria ReSA y la Universidad Católica de Oriente dentro de los proyectos ReSA CUNA y ReSA Maíz - Frijol que se ejecutan en los municipios de Abejorral, Cocorná, El Carmen de Viboral, Marinilla y San Rafael”, interesante receta que además está reseñada en el libro electrónico: “Historias y leyendas de mi tierra. Vereda los medios. Su patrimonio territorial, histórico y cultural”, de Luis Ángel Villegas Puerta, quien la resalta por su frecuente uso en las cocinas de dicha vereda:

“Los alimentos más comunes eran: sancocho, frijoles, mazamorra y macho rucio. El sancocho lo hacían con yuca, plátano, arracacha y papa, en algunas partes coles picadas, y era aliñado con cebolla, tomate y cominos; el macho rucio era hecho de maíz pilado o cascado en piedra (triturado), y se lavaba dejándolo limpio de afrecho (cascarilla del maíz), se ponía al fuego hasta que estuviera blando y se aliñaba con cebolla y tomate; luego: a comer macho rucio del que hace misia Rosa. ¡Compadre!. Este era el plato para el almuerzo y la comida.” (Villegas, 26:2006).

Interesante, pues no es común en nosotros, citadinos, utilizar el maíz en vez del arroz. Pero inquietante, pues nos remite a la alimentación de nuestros antepasados, quienes basaban su dieta en el maíz. Persiste el maíz en forma de arepa y es el principal acompañante de las comidas, pero además, el arroz es casi infaltable en cualquiera de nuestros platillos. ¿El arroz remplazó al maíz? ¿El maíz, dejó de ser el principal cereal de los antioqueños? Pues no.


Receta escrita por habitantes de la vereda la montañita del Municipio de Marinilla.


Paula Andrea Marín


Expositoras del platillo (Rubiela Pérez, Verónica Martínez yPaula)


Macho rucio de la Veredea la montañita, realizado con pollo y decorado con torticas de harina, huevo y aliños, y tomate verde.


Otra versión del Macho rucio, preparado en la vereda el Molino de Cocorná. En esta versión, además de los aliños, con carne de res y zanahória.

Gracias a los participantes de la fería, todos fueron muy amables y formales, pronto estaré con algunos de ellos.

Bibliografía:

Villegas Puerta, Luis Ángel, 2006. Historias y leyendas de mi tierra. Vereda los medios. Su patrimonio territorial, histórico y cultural. Libro electrónico disponible a 2009 en la dirección: http://biblioteca.homohabitus.org/pdfs/los%20medios_luis_angel_villegas.pdf. www.homohabitus.org, Homo habitus. Medellín, Colombia.

Universidad Católica de Oriente. Referencia a evento: "Feria Regional de Culinaria y Semillas Nativas, Sabores y Saberes Ancestrales" a 2009, en la dirección electrónica: http://www.uco.edu.co/pagina2.jsp?icodigopagina=2315

Relato sobe el gusto por la gastronomía

Cómo empezó el gusto por la gastronomía en mi vida

Mi madre tenía un estadero llamado la Iberia, ubicado en la autopista Medellín Bogotá km 36, en este se trabajaba los fines de semana, el resto de la semana mi madre le hacía de comer a los trabajadores que estaban construyendo la fabrica de Riotex.

En el estadero se preparaba más que todo “fritos y asados”. Entre las preparaciones se destacaba una deliciosa mazamorra pilada, de la cual yo me preguntaba cómo hacían para dejar el maíz entero sin afrecho; la morcilla era de fama, los chorizos caseros exquisitos, de ellos nos tocaba ayudar a picar la carne de cerdo; sus arepas de chócolo, hechas en hojas de platanera; las arepas de mote donde pelaban el maíz con la ceniza; todo era un encanto, ya que mi madre tenía muy buena sazón. A medida que iban pasando los días fue cogiendo mucha fuerza el estadero, hasta el punto de que llagaba mucha gente de otros lugares a consumir esos alimentos.

A mis hermanas y a mí, nos tocaba colaborar en hacer estas preparaciones. Me fue gustando la cocina y a la vez le cuidaba los niños a mi hermana mayor, donde tuve la oportunidad de empezar a cocinarles. Me sentía la dueña y señora de la cocina donde empecé a experimentar las cosas que había aprendido viendo a mi madre cuando cocinaba; a pesar de mi corta edad, yo sabia hacer muchas preparaciones en la cocina; con mis primos y amigos jugamos a la mamacita y comitivas donde yo era la chef, porque según ellos cocinaba muy bien; cada vez que lo hacía le colocaba mi toquecito mágico, aprendí a hacer todas estas preparaciones que se hacían en el estadero y muchas cosas más; cada vez trataba de hacerlas mejor, cuando veía una revista o un libro que tuviera recetas las leía, luego cuando tenía la posibilidad las preparaba.

Cuando me casé, pude experimentar más el gusto por la cocina, ya que tenía la posibilidad de inventar, crear, combinar olores, sabores y texturas; cuando tuve mis hijos fue mucho mejor, porque se trataba de preparar un menú nutritivo, balanceado, que fuera agradable a la vista para ellos y que pudieran comer de todo en diferentes preparaciones.

Por cosas del destino estoy vinculada a la rama de la belleza, pero siempre pensando en la cocina, a la vez, a mis clientas les vendo algunas preparaciones, etc.; tuve la oportunidad de presentarme al Sena y pasar, en este momento tengo muchas expectativas de poder aprender cada día más y más, para poder lograr mi sueño de tener mi propio negocio una casa de eventos y poderle ayudar a mi familia, principalmente a mis hijos, poder ser mejor y aprender de los demás.

Por: Ruth Martínez Herrera

martes, 2 de junio de 2009

De Papitas, Azares y Metas

Papitas fritas y salsa rosada

Ayer en la noche salí de cine, estaba lloviendo y hacía mucho frío, entonces fui a mis recuerdos, donde mi abuelita. Para despachar rápido a sus nietos fritaba una buena cantidad de papas en fosforitos, las cuales dejaba tostar mucho porque sabía que así era el gusto de sus nietos, con muchísima salsa rosada.

Tomé camino a un local de comidas rápidas conocido por su fama en mi barrio, el cual se llama "donde Juancho", me acerqué a la gigante y calurosa fritadora y le pedí una porción pequeña de papas, y él, entre el trajín de servir los numerosos pedidos de chuzos, carnes y hamburguesas, humildemente me sirvió las papitas como todo un profesional de la comida rápida, con una destreza impresionante para atinarle a la cajita de cartón donde se sirven las hamburguesas, la cual rebosaba de papas, y Juancho rápidamente cogió un palito de dientes y fue al tarro donde estaban todos los huevitos de codorniz; el instintivo afán de echarle huevito a todo: al perro, a la hamburguesa y a todo lo que se le pueda poner…

Echando “humito” las papitas, se me empezó a hacer agua la boca, mientras me quitaba el frío que tenía en la cara. Para darles un poquito de sabor, cogí el mejor aderezo que se le puede echar a unas papitas: mucha, muchísima salsa rosada y salsa de piña; esa combinación es perfecta para comerlas. Me comí la primera, lo cual me hizo acordar una millonésima vez mas, todo lo que me gusta de ellas: lo crujientes y doradas que quedan, la masita que tienen por dentro que suelta mucho humo cuando uno las muerde y su sabor dulce por las salsas; y toda esta combinación me sabe a niñez, a videojuegos, a películas y a la casa de mi abuela.

Por: Daniel Esteban Yépez Pelaez

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Azares


A la suerte, por cosas del destino, de la vida, del universo ó mías; eso aún no lo tengo claro, estoy embarcada en este viaje.

Pocas son las tradiciones gastronómicas que hay en mi familia, pocas las preparaciones exclusivas que se tienen para la época de fiestas… O quizá pocos son los recuerdos que poseo de ello.

Dulce de guayaba; el que más recuerdo, domingo después de un gran almuerzo con mi familia paterna no podía faltar… Servido en un recipiente de vidrio, ovalado y liso, con cuchara pequeña y esparcido de manera uniforme, de color rosado con pepitas verdes y amarillas pequeñas pero visibles y perceptibles, era el postre que siempre se servía de compañía. Espeso, siempre espeso y con una alta cantidad de azúcar; toque característico de la abuela, y que según mi criterio lo convertían en un verdadero dulce; repensando en ello este postre se podría asumir como una mermelada.

La abuela enfermó y creo que desde ese tiempo, un domingo después de almuerzo, no se volvió a ver aquello…

Siempre un misterio para mi, creo que siempre un misterio para todos el saber de esta preparación, porque ante una mujer de pocas palabras y conservadora como ella, poco se le puede preguntar ó más bien pocas respuestas se pueden obtener.

Es extraño, la cocina donde mis abuelos siempre fue un misterio, en mi casa siempre un libro abierto… Mi madre con sus experimentos culinarios; no siempre comestibles, nos otorgó un lugar en la cocina para que sus preparaciones tuvieran otras ideas y no siempre fueran tan caóticas, lograron despertar de alguna manera un gusto por la culinaria y la buena comida, además de ser yo, muchas veces, quien cocine en casa.

Educación, danza, música y cocina, dos grandes amores y dos buenos placeres, siempre hay espacio para todos, quizá cada uno en lugares, tiempos y situaciones diferentes, pero en todos encuentro algo que es propio, que me pertenece…

Loco que por un simple comentario salido de la nada en un tiempo de crisis, terminara tan involucrada en esto, la gastronomía… Ahora que estoy embarcada, pretendo aprender, trabajar, aplicar, pero sobre todo disfrutar de cuanto me ofrezcan de cuanto tenga… Vivir!!!

Por: Shirley Gómez Sánchez
27 de mayo de 2009

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El querer y el hacer

Mi gusto por la gastronomía creo que se inició en la infancia, cuando jugaba con mis hermanos y mi madre a la mamacita, ya que mi mamá nos daba insumos para hacer de comer. También creo que mi gusto gastronómico comenzó a coger fuerza en mi crecimiento, cuando niño me rebuscaba el almuerzo o la comida, cuando mi madre hacia algún alimento que no era de mi gusto, y también, cuando me iba a jugar, a bañar o a pescar al río, ya que me perdía todo el día y algunas veces regresaba en las horas de la tarde o en la noche. recolectaba frutos de la región y con estos me alimentaba. Esto ocurrió en San Carlos Antioquia, entre los años de 1979 y 1986.

Mi pasión gastronómica creo que aumentó cuando mi madre hacia preparaciones para festines, porque ella no permitía que uno se acercara u observará con la excusa o precaución de que no le cayera alguna suciedad. Esa inquietud y el gusto por las combinaciones de comidas hicieron que yo buscara la forma de aprender a hacer algunas recetas, postres, tortas etc. A mí parecer, creo que fui descubriendo algo que tenia oculto, que con el pasar de los años me di cuenta que me gustaba y que era lo que quería estudiar; pero por cuestiones económicas, laborales etc., no veía la forma de realizar. Por eso, después de haber buscado empleo en Medellín, intentado financiarme cursos de cocina, ahorrar para poder ingresar a la universidad o la Escuela Gastronómica de Antioquia, se me presentaron varias dificultades y allí quedó lo poco recolectado; pensé en rifas, en préstamos, etc., pero soy muy malo para deber y en las rifas me parece que uno estuviera pidiendo y me da pena. Aunque ésta era una opción, lo intenté y no me fue bien.

Después de haber estudiado algunos cursos como: Primeros Auxilios, Manejo de Plaguicidas, Soldadura, entre otros, apareció el programa de Gastronomía; me di cuenta, me inscribí, presente las pruebas y gracias a Dios pasé. De ahí hice cuentas, presupuestos, balances etc., y tomé la decisión de renunciar a mi empleo y a todas las actividades y placeres que éste me proporcionaba, entre ellas, uno de mis mayores gustos: viajar e ir de pesca. Ésta decisión ha sido difícil y complicada porque al quedarme sin empleo se me dificulta mi sostenimiento económico y el de las personas que dependen de mí. “¡Pero que liase, es lo que me gusta!” Y aunque me toquen jornadas muy largas, discusiones familiares, viajar diario en bicicleta de la Ceja a Rionegro y viceversa, sé y estoy seguro que de esto depende mi futuro, que cada hora dedica, cada pedalazo que doy, me fortalece y me acerca mas a él y es lo que me da moral, me inunda de grandeza y pensamiento para continuar y seguir adelante, construyendo sueños y metas forjadas.

Por: Manuel Antonio Blandón Bedoya