Una ruta creada conjuntamente con los estudiantes de Tecnología en Gastronomía del Centro de la Innovación, la Agroindustria y el Turismo del Servicio Nacional de Aprendizaje SENA.

lunes, 5 de octubre de 2009

Juegos de Seducción

De pronto entra por mi ventana un aroma casi visible, que se va apoderando de toda la sala, es un olor dulce, suave, que cuando tratas de olerlo parece esfumarse, pero ahí continúa, como el humo frágil de una pequeña casa en las montañas que se mezcla con la neblina. Recuerdo la espuma de una taza de chocolate dulce, cremoso casi y un bigote que se extendía por el labio superior que limpiabas orgulloso con la lengua o la manga de la camisa. Recuerdo el chocolate fundido en baño maría, brillante y muy espeso, con su seductor color marrón oscuro y el delicioso olor que hacía mojarse de contenta cualquier boca cercana, y a las narices aproximarse sigilosamente para seguir de cerca un dedo coqueto directo hacia la olla. Recuerdo la forma en que el chocolate recién fundido caía en los moldes, para convertirse luego de un proceso de enfriado rápido, en frutas, corazones, bombones, flores, caras y mil formas más, que nos apresurábamos a devorar y sentir como se derretían en la boca.

Algunos días de cualquier fin de semana, comprar chocolates y sentarse en la entrada de la casa a saborearlos y ver pasar la tarde era el plan… el cielo azul salpicado de figuritas negras movedizas, la luz amarilla abrazando los techos y paredes de las casas vecinas, el viento meciendo los arboles delicadamente.

No faltaba el helado de chocolate cuando una tarde las cosas parecían no tener solución, ir corriendo en busca de esa cremosa medicina que curaba heridas, dolores del cuerpo y el alma, deseos frustrados, penas de amor, entre otros males cotidianos.

De pronto la tentación estaba en las tortas y postres de chocolate… biscochos suaves y esponjosos, cubiertas cremosas de ese hermoso color marrón oscuro y brillante, una fiesta de sabores en la boca y una sensación de seguro placer en todo el cuerpo cuando el primer bocado se acercaba despacito a los labios, seguido de cerca por los ojos atentos que no lo perdían de vista, y la nariz ansiosa trataba de robar cuanto más pudiera de ese delicado aroma. Una vez abiertos los labios, no había vuelta atrás y el pequeño romance iniciado por los ojos y nariz era ahora una realidad en toda la boca, salivando encantada al sentir como se disolvía poco a poco esa combinación de texturas y sabores.

Entra en escena el chocolate amargo, no recuerdo cuando, y empieza a abrirse un mundo de posibilidades cuando llegan a mis manos las recetas de un libro dedicado al chocolate. Tortas, bombones, postres y salsas abarcan la breve cocina y se abren paso por toda la casa olores envolventes atrayendo cuerpos que aparecen como por arte de magia y acompañan la preparación. Los más resueltos se entusiasman a participar, mientras que los más recatados se quedan sentados tras la barra conversando olores, sabores y texturas esperando anhelantes pero pacientes.

Entre las recetas más sensuales, está el volcán de chocolate. Tiene un esponjoso y delicado caparazón que al abrirse derrama desde su interior todo el color, olor y brillo del chocolate fundido. Es un placer para todos los sentidos en el que no se gasta mucho tiempo ni esfuerzo, y se disfruta desde que el chocolate empieza a fundir. Se necesita precalentar el horno a 220°, 100gr de chocolate semi-amargo, 100gr de mantequilla, 110gr de azúcar, 110gr de harina y 3 huevos.

Se corta descuidadamente el chocolate y se reserva un poco para el final, se pone en una olla al baño maría dejándolo fundir lentamente. Mientras tanto se baten con energía las claras de huevo hasta que parecen copos de nieve que firmemente se abrazan al batidor. Se agrega lentamente el azúcar simulando una delicada lluvia, uniendo con movimientos suaves y envolventes para no perder la textura alcanzada.

Una vez fundido el chocolate se agrega la mantequilla en trozos y las yemas de huevo ligeramente batidas, mezclando hasta obtener una salsa cremosa y provocativa a la que se agrega la mitad de los copos de nieve moviendo despacito mientras se agrega poco a poco la harina hasta terminar de integrarlo todo.

Se untan con un poco de mantequilla los moldes deseados, preferiblemente moldes pequeños individuales como los usados para muffins o magdalenas, y se cubren ligeramente de harina. Luego se vierte un poco de la mezcla de chocolate en los moldes y se ponen en el centro los trozos de chocolate antes reservados para terminar de cubrir con la mezcla dejando un espacio, pues crecen un poco y sería casi un disparate vaciar la mezcla en el horno. Finalmente se ponen los moldes en el horno durante 10 minutos, cuidando que el fuego provenga de abajo.

Este tentador postre se sirve caliente, desmoldándolo delicadamente sobre un plato y salpicándolo con azúcar en polvo, tal vez con una bolita de helado de vainilla o crema chantilly, y con una taza de café recién hecho. Puede disfrutarse solo o acompañado, aunque si es la segunda puede correrse el riesgo de no querer comerlo en el plato.

Grandes, chicos, dulces, amargos, blancos, negros, de dieta, fríos, calientes, bebidos, masticados, disueltos, fundidos. Han ido apareciendo, quedándose atrapados en rincones de la memoria, las mejillas, los dedos, las manos, los labios, pechos, ombligos, espaldas… emitiendo sonrisas pícaras, infantiles, mal intencionadas, coquetas, sensuales, dulces. Compañero de viajes y vuelos, tertulias, canciones y cigarros, llantos y sonrisas, noches frías y lluviosas, mañanas nubladas, tardes solitarias y noches compartidas. Siempre confortable, siempre bienvenido y gozado, degustado lentamente o a toda prisa, el chocolate entra en mis romances favoritos, un juego de seducción que aliviana el alma y el espíritu, aunque no precisamente el cuerpo; un amorío desvergonzado que me permito todos los días sin culpas, sin dolores.

Por: María Isabel Ossa Londoño