Una ruta creada conjuntamente con los estudiantes de Tecnología en Gastronomía del Centro de la Innovación, la Agroindustria y el Turismo del Servicio Nacional de Aprendizaje SENA.

martes, 2 de junio de 2009

De Papitas, Azares y Metas

Papitas fritas y salsa rosada

Ayer en la noche salí de cine, estaba lloviendo y hacía mucho frío, entonces fui a mis recuerdos, donde mi abuelita. Para despachar rápido a sus nietos fritaba una buena cantidad de papas en fosforitos, las cuales dejaba tostar mucho porque sabía que así era el gusto de sus nietos, con muchísima salsa rosada.

Tomé camino a un local de comidas rápidas conocido por su fama en mi barrio, el cual se llama "donde Juancho", me acerqué a la gigante y calurosa fritadora y le pedí una porción pequeña de papas, y él, entre el trajín de servir los numerosos pedidos de chuzos, carnes y hamburguesas, humildemente me sirvió las papitas como todo un profesional de la comida rápida, con una destreza impresionante para atinarle a la cajita de cartón donde se sirven las hamburguesas, la cual rebosaba de papas, y Juancho rápidamente cogió un palito de dientes y fue al tarro donde estaban todos los huevitos de codorniz; el instintivo afán de echarle huevito a todo: al perro, a la hamburguesa y a todo lo que se le pueda poner…

Echando “humito” las papitas, se me empezó a hacer agua la boca, mientras me quitaba el frío que tenía en la cara. Para darles un poquito de sabor, cogí el mejor aderezo que se le puede echar a unas papitas: mucha, muchísima salsa rosada y salsa de piña; esa combinación es perfecta para comerlas. Me comí la primera, lo cual me hizo acordar una millonésima vez mas, todo lo que me gusta de ellas: lo crujientes y doradas que quedan, la masita que tienen por dentro que suelta mucho humo cuando uno las muerde y su sabor dulce por las salsas; y toda esta combinación me sabe a niñez, a videojuegos, a películas y a la casa de mi abuela.

Por: Daniel Esteban Yépez Pelaez

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Azares


A la suerte, por cosas del destino, de la vida, del universo ó mías; eso aún no lo tengo claro, estoy embarcada en este viaje.

Pocas son las tradiciones gastronómicas que hay en mi familia, pocas las preparaciones exclusivas que se tienen para la época de fiestas… O quizá pocos son los recuerdos que poseo de ello.

Dulce de guayaba; el que más recuerdo, domingo después de un gran almuerzo con mi familia paterna no podía faltar… Servido en un recipiente de vidrio, ovalado y liso, con cuchara pequeña y esparcido de manera uniforme, de color rosado con pepitas verdes y amarillas pequeñas pero visibles y perceptibles, era el postre que siempre se servía de compañía. Espeso, siempre espeso y con una alta cantidad de azúcar; toque característico de la abuela, y que según mi criterio lo convertían en un verdadero dulce; repensando en ello este postre se podría asumir como una mermelada.

La abuela enfermó y creo que desde ese tiempo, un domingo después de almuerzo, no se volvió a ver aquello…

Siempre un misterio para mi, creo que siempre un misterio para todos el saber de esta preparación, porque ante una mujer de pocas palabras y conservadora como ella, poco se le puede preguntar ó más bien pocas respuestas se pueden obtener.

Es extraño, la cocina donde mis abuelos siempre fue un misterio, en mi casa siempre un libro abierto… Mi madre con sus experimentos culinarios; no siempre comestibles, nos otorgó un lugar en la cocina para que sus preparaciones tuvieran otras ideas y no siempre fueran tan caóticas, lograron despertar de alguna manera un gusto por la culinaria y la buena comida, además de ser yo, muchas veces, quien cocine en casa.

Educación, danza, música y cocina, dos grandes amores y dos buenos placeres, siempre hay espacio para todos, quizá cada uno en lugares, tiempos y situaciones diferentes, pero en todos encuentro algo que es propio, que me pertenece…

Loco que por un simple comentario salido de la nada en un tiempo de crisis, terminara tan involucrada en esto, la gastronomía… Ahora que estoy embarcada, pretendo aprender, trabajar, aplicar, pero sobre todo disfrutar de cuanto me ofrezcan de cuanto tenga… Vivir!!!

Por: Shirley Gómez Sánchez
27 de mayo de 2009

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El querer y el hacer

Mi gusto por la gastronomía creo que se inició en la infancia, cuando jugaba con mis hermanos y mi madre a la mamacita, ya que mi mamá nos daba insumos para hacer de comer. También creo que mi gusto gastronómico comenzó a coger fuerza en mi crecimiento, cuando niño me rebuscaba el almuerzo o la comida, cuando mi madre hacia algún alimento que no era de mi gusto, y también, cuando me iba a jugar, a bañar o a pescar al río, ya que me perdía todo el día y algunas veces regresaba en las horas de la tarde o en la noche. recolectaba frutos de la región y con estos me alimentaba. Esto ocurrió en San Carlos Antioquia, entre los años de 1979 y 1986.

Mi pasión gastronómica creo que aumentó cuando mi madre hacia preparaciones para festines, porque ella no permitía que uno se acercara u observará con la excusa o precaución de que no le cayera alguna suciedad. Esa inquietud y el gusto por las combinaciones de comidas hicieron que yo buscara la forma de aprender a hacer algunas recetas, postres, tortas etc. A mí parecer, creo que fui descubriendo algo que tenia oculto, que con el pasar de los años me di cuenta que me gustaba y que era lo que quería estudiar; pero por cuestiones económicas, laborales etc., no veía la forma de realizar. Por eso, después de haber buscado empleo en Medellín, intentado financiarme cursos de cocina, ahorrar para poder ingresar a la universidad o la Escuela Gastronómica de Antioquia, se me presentaron varias dificultades y allí quedó lo poco recolectado; pensé en rifas, en préstamos, etc., pero soy muy malo para deber y en las rifas me parece que uno estuviera pidiendo y me da pena. Aunque ésta era una opción, lo intenté y no me fue bien.

Después de haber estudiado algunos cursos como: Primeros Auxilios, Manejo de Plaguicidas, Soldadura, entre otros, apareció el programa de Gastronomía; me di cuenta, me inscribí, presente las pruebas y gracias a Dios pasé. De ahí hice cuentas, presupuestos, balances etc., y tomé la decisión de renunciar a mi empleo y a todas las actividades y placeres que éste me proporcionaba, entre ellas, uno de mis mayores gustos: viajar e ir de pesca. Ésta decisión ha sido difícil y complicada porque al quedarme sin empleo se me dificulta mi sostenimiento económico y el de las personas que dependen de mí. “¡Pero que liase, es lo que me gusta!” Y aunque me toquen jornadas muy largas, discusiones familiares, viajar diario en bicicleta de la Ceja a Rionegro y viceversa, sé y estoy seguro que de esto depende mi futuro, que cada hora dedica, cada pedalazo que doy, me fortalece y me acerca mas a él y es lo que me da moral, me inunda de grandeza y pensamiento para continuar y seguir adelante, construyendo sueños y metas forjadas.

Por: Manuel Antonio Blandón Bedoya

2 comentarios:

  1. Pues Aquí estamos, iniciando una nueva labor, una nueva tarea..Escrbir sobre aquello que hemos elegido aprender!!!....Esperemos que cada construción que aqui sea publicada, sea un medio más de ese mismo aprendizaje!!!...

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